La presidencia fallida de Trump


Cada hora, cada día, cada semana que pasa de la presidencia de Donald Trump es una razón más para aceptar que votamos mal. Pero como sociedad no lo aceptamos. Queríamos un cambio, queríamos que no fuera un político quien dirigiera a esta nación y salió mal la jugada. Fuimos malos estrategas. Desde el día uno era muy difícil decirle siquiera presidente a una persona que nos ha llamado vendedores de droga y violadores a los mexicanos. “Bad hombres” en sus propias palabras. La presidencia es un caos, algo que es bueno para la buena empresa pero no para toda una nación que ve como su presidente corre a la mitad de su gabinete, le gusta criticar a la prensa, y hasta ver eclipses sin protección. Ese es el presidente de Estados Unidos y no queremos aceptar como sociedad que nos equivocamos.

La decencia y el sentido común parecen no habitar la Casa Blanca. Es más el ruido de las palabras que las acciones ejecutadas. Twitter es su juguete favorito, la trinchera desde la cual puede hablar mal de los Latinos, de los afroamericanos, de todo lo que no habla bien de él. Y sabe a qué hora hacerlo. Justo en el crepúsculo que se vislumbra a la distancia a la altura de George Town, Trump decide fijar agenda, escribir en 140 caracteres lo que será el tema de día, la controversia con la que se inundaran las redes sociales y los portales de noticias que no pueden esperar a llegar al papel impreso.  El puesto de presidente le ha quedado demasiado pequeño a alguien que se la da de muy grande. Es el presidente que nadie quiere tener en su país. Al menos no en un 90 % de las naciones que no lo ven con mucha confianza.

Cuando más parecía que el país lo necesitaba, una vez más falló la estrategia. Apunta el NYT en su editorial: desde la década de 1930, no ha sido algo tan complicado el que un líder denuncie el nazismo. Sin embargo, este presidente [Trump] no tiene nada de habitual: algunos de sus asesores y familiares lo instaron a aprovechar su moral y majestuosidad del cargo presidencial para sanar las heridas provocadas por la violencia de neonazis el 12 de agosto, 2017 y a poner el bienestar del pais por encima de sus rencores personales. Pero, en vez de eso, decidió defender a los supremacistas blancos, algo que como nunca ha generado profundas dudas acerca de su brújula moral, su entendimiento de las obligaciones de su oficina y su aptitud para ocuparla.

Prácticamente el periódico más influyente del mundo llama a la administración Trump “la presidencia fallida”. La salida de Steve Bannon del que se dijo desde un principio que era el que mandaba en la Casa Blanca no resuelve el problema más grande de todos: Trump. La llegada de Trump ha puesto de manifiesto que si bien existe la democracia, también existe el error del ciudadano de a pie que voto por él. Es increíble ver como el alcalde de Phoenix le dice que ahí no es bienvenido. Cada noche es el hazmerreir de los programas de variedades como el de Colbert, Fallon o Kimmel. Es un payaso sin gracia, es un programa de televisión con los ratings más bajos jamás registrados. Es un presidente fallido.

Ya nos dimos cuenta que Estados Unidos tiene a un presidente que no sabe lo que hace, que quiere cambiar todo lo que sus predecesores lograron con ahincó. Sabemos que es racista y que quiere expulsar a 11 millones de indocumentados, que quiere crear un muro que va mas allá de la edificación en sí, es un muro de odio desde el momento de la idea misma. Es un presidente que no se le puede confiar nada. Pero aun así, los que votaron por él, no aceptan que eligieron mal. Defienden lo indefendible, pero es que nos cuesta tanto aceptar cuando votamos mal. No sé si vaya Trump a terminar su mandato o incluso si se vaya a reelegir. Lo que si me queda claro es que la Casa Blanca le ha quedado demasiado grande.

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