Las Vegas: ruleta de la muerte o el show debe continuar


¿Qué puede haber en la mente de una persona que decide asesinar a sangre fría y luego suicidarse?, la noche del primero de octubre quedara para la historia  como la noche que Stephen Paddock, jubilado anglosajón de 64 años, abrió fuego a la distancia contra una multitud de 22,000 personas en pleno concierto desde una habitación del piso 32 del hotel Mandalay Bay de Las Vegas. Tenía las armassuficientes como para hacer aun más daño. Es el mayor tiroteo jamás registrado en Estados Unidos con casi 60 muertos y 500 heridos. Un caos total en la ciudad que vive de noche y aun después de esto se niega a dormir.

Esta masacre, así como las anteriores, prende todas las sirenas para llamar la atención a la necesidad de legislar el control de armas en un país donde es más fácil conseguir un arma que un préstamo en un banco. Persona de todos los extractos sociales o de cualquier partido exigen que el control sea más estricto para quienes adquieran armas. En Estados Unidos se aplica la categoría de “tiroteo masivo” a aquellas escenas en la que hay al menos cuatro personas fallecidas. El promedio anual aquí es de 121 episodios de esta índole pero ya en este 2017 van 273 siendo este último de la Capital del Pecado la más mortífera de la que se tenga registro.

El ataque que se dio en pleno concierto de música Country es uno de los 1,516 tiroteos que han sucedido en los últimos 1,735 días. Es decir: En nueve de cada 10 días, en promedio, hay una balacera en la que resultan varias personas muertas. Ninguna otra nación de primer mundo tiene esta alta tasa de mortalidad gracias al uso de armas por uso domestico. Es una epidemia de grandes alcances en una nación donde hay más armas que habitantes. Y aun cuando el presidente Donald Trump calificó de demente al francotirador, la regla nos dice que cualquier puede ser asesino sin importar raza o historial delictivo. Cualquier puede acceder a un arma y provocar un daño que ya no tiene reparación como es el de vidas perdidas. Las familias se quedan cercenadas cuando uno o más miembros mueren mientras se divierten, mientras estudian o mientras comen en algún restaurante de su preferencia. Ningún lugar es seguro.

Las balaceras se han vuelto para Estados Unidos un lugar común. La noche después de lo que sucedió en el Mandalay, ningún casino detuvo operaciones. La ciudad que nunca duerme siguió como si nada. La ruleta siguió dando vueltas, el vicio de apostar no paró. Las maquinas tragamonedas seguían haciendo lo que mejor saben hacer: divertir y que el visitante pierda todo. Nos hemos vueltos tan insensibles que parece que no sucedió nada. El show debe de continuar mientras muchos lloran a los caídos.

Hay 59 muertos, son 59 familias que están en un duelo difícil de superar. Hay quienes aun no saben donde están sus familiares dentro de los centenares de heridos. Es el momento para que Trump haga lo que sus predecesores no pudieron: un control de armas estricto y que no esté al alcance de todos.  Que se les haga pruebas psicológicas a los que las compran y que cada dos años regresen a renovar sus licencias con nuevos exámenes más severos.  Esto no puede continuar. La noche que parecía moría Las Vegas, el show siguió como si nada. Y ahí sigue todo normal. Los huracanes o sismos no se pueden prevenir, una balacera mortífera, si.

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